28 Agosto 2006
Santiago de Chile, a 27 de Agosto de 2.006
A todos vosotros,
los silenciosos seres de la noche
que tomaron mi mano en las tinieblas [...]
A todo, a todos,
a cuantos no conozco [...]
a los que viven
a lo largo de nuestros largos ríos
al pie de los volcanes, a la sombra
sulfúrica del cobre, a pescadores y labriegos [...]
a tí, al que sin saberlo me ha esperado,
yo pertenezco, y reconozco, y canto.
Pablo Neruda
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25 Agosto 2006
Pisagua, a 23 de Agosto de 2.006
El colectivo me dejó en el cruce de la Panamericana con la estrecha carretera que se dirige a Pisagua, en algún punto insignificante de una larga recta que la calima iba difuminando a medida que se estrechaba en el horizonte. Al otro lado de la carretera estaba aparcado un coche gris y junto a él un hombre de pelo cano pegaba unas fotos en un viejo panel informativo. Alzó la mano y me saludó:
-¿Todo bien?-dijo
-Todo bien Rafael. Gracias por venir a recogerme -respondí.
-¿Y cómo te dio por venir a estos lugares?
-Bueno, alguien con criterio me recomendó que los visitara y normalmente suelo seguir esas señales.
-Ya, bueno, yo estoy aprovechando para pegar algunas fotos aquí. La gente las arranca ¿sabes? En un momento nos vamos.
De repente advertí la presencia de un tipo que esperaba al otro lado de la pista bajo una chapa de metal. Su imagen aparecía entrecortada por la sombra de la vieja techumbre y mi vista apenas alcanzaba a distinguir sus rasgos. La mirada que se adivinaba bajo la visera de su sombrero era dura, altiva y rigurosa y alternaba vigilante entre el lugar donde estábamos nosotros y un punto imprecisable sobre el caliente y estropeado asfalto. Su tez morena y ruda aparentaba más edad de la que posiblemente tenía y en su gesto estatuario no distinguí la más mínima señal de acercamiento. Un bigote blanco y bien recortado se arqueaba como una cara triste bajo su prominente nariz cerrándose antes de extenderse demasiado para acabar muriendo a la altura de las comisuras y completar así un rostro triste carente de cualquier atisbo de bondad. Rafael continuaba pegando sus fotos en silencio y tras unos segundos de pausa, mirándome de soslayo, me dijo en voz baja:
-Mira, ese cretino de allí es un fascista. Debe estar esperando que alguien lo lleve y por la hora que es se puede quedar ahí todo el día.
-Deben pasar pocos coches para Pisagua ¿no? -pregunté prudentemente.
-A veces pasan, a veces no. Podría venirse con nosotros pero no se lleva muy bien conmigo. Dice que soy un comunista. Si lo quieres invitar tú...
En ese momento alcé las cejas, encogí los hombros y le respondí:
-Mira Rafael, tengo por costumbre no meterme en política en los lugares que visito. Suele traer problemas ¿no crees?
Me miró y mientras se ajustaba la gorra me dijo:
-Si, claro, pero en lugares como éste te tienes que definir. Ya sabes, pueblo pequeño, infierno grande...
Subimos al coche y arrancó pero dejó la puerta de atrás abierta y cuando pasamos frente al hombre paró y le hizo un gesto con la cabeza. Entonces, para su sorpresa, se subió. En los cuarenta kilómetros que separan el cruce de Pisagua no abrió su boca y sólo cuando llegamos puede escuchar su voz para indicarle a Rafael donde se quedaba y si le debía algo.
-Hombre de pocas palabras... -dije mientras lo veía alejarse calle abajo.
-Ese viejo perro ya no ladra ni en su casa. Es tan ignorante que ni la conciencia le remuerde -concluyó mientras me indicaba los distintos edificios históricos de la villa.
Poco después llegamos al Hostal "La Roca" y Caterine salió a recibirnos con los brazos abiertos y su eterna sonrisa. La casa es un pastiche de distintas estancias alrededor de la cocina y el salón de la pareja, con una galería que hace las veces de biblioteca desde la que hay una maravillosa vista al mar. Era el único huesped del Hostal, o lo que es lo mismo, el único huesped de Pisagua.
-Caterine -dijo Rafael- ¿Sabes que se subió el asesino en el coche?
-Debía estar desesperado -respondió asombrada- A saber las horas que llevaría esperando en el cruce...
Mi curiosidad no pudo resistir más y aprovechando la cercanía que sentía les pregunté por la historia de ese extraño personaje. Entonces me contaron que en la época de los milicos un preso trató de escapar de Pisagua y en su huida se refugió en el muelle. El viejo pescador lo delató y nunca más se volvió a saber de él. Con total seguridad pasó a engrosar las listas de los desaparecidos aquí durante la dictadura.
En la historia de Pisagua se mezclan momentos de gloria y esplendor de la época salitrera y la presencia inglesa con las páginas más crueles de la represión pinochetista. Luego del golpe de Estado del 11 de Septiembre de 1.973, la dictadura militar declaró prisioneros de guerra a los presos políticos y el puerto de Pisagua fue entonces utilizado como campo de concentración donde retuvieron a los detenidos que trajeron de Iquique y de otros lugares del país. Aquí se humilló la dignidad de hombres y mujeres. Aquí se torturó y se cometió genocidio político en contra de seres indefensos que sólo tenían la fuerza y la convicción de sus ideales.
En el viejo cementerio lleno de cruces y tumbas destartaladas fueron fusilados veintiún presos políticos por orden de consejos de guerra ilegales que justificaban sus crímenes en falsas fugas. En 1.990, después de una larga búsqueda por parte de sus compañeros y familiares, catorce de ellos fueron encontrados en una fosa común. Los siete restantes continúan desaparecidos. También se dio muerte en este campo a dos personas sin militancia política, un pescador artesanal en el año 73 y un adolescente de quince años en 1.974. En enero de ese mismo año se dio libertad a seis presos que supuestamente fueron dejados en la carretera. Nunca llegaron a sus casas y sus cuerpos se encontraron posteriormente entre los cadáveres de la fosa.
Una pintada grita desde el muro que lo que más duele no es la derrota, tampoco la hegemonía descarada de los poderosos de siempre en el proceso, ni siquiera el perdón de los verdugos a sus víctimas; lo más doloroso es siempre el olvido, el tener que pactar el pasado en aras de un presente que dice ser democrático sin dejar de ser autoritario. Y esos que siguen sufriendo afirman que la memoria del dolor los obliga a seguir luchando para que la democracia sea una democracia de verdad en vez de ser la careta decorativa de un sistema en el que el derecho de propiedad sacrifica siempre los demás derechos y sólo otorga libertad de expresión a aquellos que pueden pagarla.
Las calles de Pisagua parecen un viejo decorado donde la historia se consume al ritmo de las mareas. En el muelle la gente apenas pronuncia palabra pero el silencio es denso, espeso, como si el aire arrastrara aun el peso de la culpa y es que aquí la gente sabe pero nadie habla porque en el fondo la desdicha, si permanece callada, se hace más soportable. Mientras, en el otro lado de la bahía, la ladera del cementerio mira a Pisagua a través de esos agujeros llenos de esperanza que aun hoy siguen cavando aquellos que un día fueron desgarrados y que todavía, a pesar del terrible paso de los años, siguen soñando con encontrar justicia bajo la arena del desierto.
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18 Agosto 2006
San Pedro de Atacama, Chile, a 18 de Agosto de 2.006
El martes fue un día largo, lleno de despedidas, transportes y encuentros. En mi bajada hacia el Sur tomé un autobús de La Paz a Oruro para enlazar después con el tren que me traería hasta Uyuni. Llegué tarde, como a las 22.30, y eso no hizo agradable ni el paseo nocturno ni la búsqueda de alojamiento pero al final conseguí un buen hospedaje e incluso la contratación del tour para cruzar el salar y llegar a Chile.
En la mañana siguiente me encontré con la eternidad, una superficie inconmensurable, absolutamente inabarcable para los sentidos, amenazante en su inmensidad y absorvente en su vacío. Sólo las montañas de un azul delicado y sutil se atrevían a apoyarse ligeramente sobre la planicie de sal, quebrando suavemente un horizonte que ya era tierno, insinuando una línea difusa en la sensualidad del cielo.
Avanzando sobre el manto blanco llegamos a la Isla Pescado, un lugar extraño lleno de cactus milenarios, un trozo de tierra en el centro de la nada donde viví un encuentro insólito e inexplicable. Apenas había empezado a caminar cuando alguien me llamó por mi nombre lo cual me sorprendió enormemente. La voz me resultaba familiar pero al principio la confusión del momento me impidió asignarle un rostro. Cuando me volví quedé paralizado: era Sophie Moret. Justo ahora hacía un año que nos habíamos conocido en el norte de Laos y desde que nos encontramos las pasadas Navidades apenas habíamos tenido contacto. Ella sabía de mis intenciones de viajar a Sudamérica; yo no tenía la menor idea de los derroteros por los que vagaba su vida. Cuando la encontré llevaba varios días en esa isla en compañía de unos artesanos con los que precisamente esa mañana había estado hablando sobre los cruces de caminos en los viajes: esa misma mañana Sophie había estado hablando de mí. Cuando me acerqué a una de las artesanas y me presenté ambos cruzamos miradas cómplices que parecían conocerse desde antaño, como si se hubieran encontrado antes en algún otro lugar, en algún otro momento. Fui a dar un paseo por la isla con Sophie y estuvimos hablando de próximos destinos, de nuevos sueños. África volvió a estar en el centro de la conversación y es que mi relación con ese continente es maniquea: de un lado me atrae como ningún otro pero al mismo tiempo me causa un respeto aun difícil de salvar. Bajamos y compartimos café y conversación con Arancha, la artesana, y justo antes de marcharme la chica me dijo que quería regalarme una de sus artesanías. Me acerqué a la manta que yacía en el suelo cargada de pulseras, collares, brazaletes y tobilleras y mi vista comenzó a pasearse por las distintas piezas sin detenerse en ninguna en concreto. De repente una piedra me llamó poderosamente la atención y decidí elegir la pulsera que la portaba. Mientras Arancha me la ataba alrededor de la muñeca le pregunté de donde venía esa piedra y ella, en medio de mi asombro, me respondió lo que en el fondo yo sabía que iba a responder: África, esa piedra es de ÁFRICA.
Apenas pasé unas horas en esa isla pero tengo la sensación de que no fue un tiempo cualquiera. Antes de entrar en Bolivia sabía que estas tierras tenían algo escondido para mí, un secreto que sólo podría serme revelado en su seno y que en el fondo debía ser la causa última de mi viaje a esos escarpados parajes. Posiblemente bastaba con cerrar los ojos y escuchar el susurro del silencio que no era otro que el de mi conciencia, el de mis deseos, aquel que en definitiva sabe quien soy. El resto de la tarde la pasé mirando esa piedra, escuchándola... el resto de la tarde la pasé mirándome en el espejo.
La tarde del día siguiente llegamos a la Laguna Colorada, un remanso de paz rojo como el mercurio, quietud líquida apenas alterada por unas cuantas bandadas de flamencos que venían a completar la increible gama de colores que devolvía ese lugar extraterrestre. A casi 4.800 metros de altura el frío era intenso, calaba hondo y apenas me permitía pronunciar palabra y es que en un lugar como ese sobraban las palabras.
Hoy crucé la frontera con Chile y dejé Bolivia a mis espaldas, atrás en el espacio pero no en mi pensamiento donde sigue tan presente como ayer y donde seguirá presente mañana porque a su mensaje aun le queda mucho para estar listo. Estoy seguro de que Bolivia permanecerá mucho tiempo removiendo piezas, jugando al escondite, haciéndose a fuego lento...
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14 Agosto 2006
Challapampa, Isla del Sol, a 11 de Agosto de 2.006
Nuestro padre el Sol, viendo el estado en el se encontraban los pobres mortales, mandó a la Tierra a los hermanos Manco Cápac y Mama Ocllo con el fin de civilizar a los pobladores. Fueron depositados sobre la Roca Sagrada de la Isla del Sol y desde ahí partieron para cumplir con el mandato divino. Les dijo el Dios Sol que dondequiera que parasen a comer o dormir procurasen hundir una vara de oro que les dio para señal y muestra y que allí donde se hundiese con un solo golpe parasen e hiciesen su asiento y corte. Así partieron del lago Titicaca y recorrieron largos senderos sin encontrar la respuesta esperada a la señal que portaban. No sería hasta el valle del Cuzco donde la Tierra decidiría tragarse para siempre la divina vara de oro con el capital mensaje que encerraba y fue así como Manco Cápac fundó el Imperio Inca convirtiéndose en el primer emperador de una larga serie de dinastías. Todos los que le sucedieron tuvieron la obligación de peregrinar una vez al año a esta Isla, meca de un pueblo, origen de la vida y cuna de una de las culturas más importantes del mal llamado Nuevo Mundo.
En la Isla del Sol reina el silencio y en sus escarpados parajes sólo crece la leyenda enriquecida siempre por el misticismo que le otorga su condición de lugar sagrado. No son pocos los restos arqueológicos que dan testimonio de una historia repleta de momentos decisivos pero a este lugar le sobran las piedras añadidas por el hombre porque de su sencillez, de la pureza de sus líneas, ya se desprende la majestuosidad de esos lugares especialmente mimados por la Creación.Sólo un camino la recorre de Sur a Norte, de Norte a Sur, acariciando sus colinas sin distorsionar en absoluto la armonía del conjunto porque aquí la tenue existencia de los quechuas y los aymarás apenas es perceptible y pasa completamente desapercibida en un lugar en el que el hombre no ha conseguido aun poner en marcha el reloj.
Dicen que la magia sólo existe para los que creen en ella y es posible que éste sea un lugar exclusivamente apto para creyentes. Lo cierto es que yo me voy de aquí henchido de energía, paz y armonía y, desde luego, completamente convencido de haber visitado uno de los lugares más maravillosos y mágicos del Mundo.
servido por gustavoporras
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14 Agosto 2006
Copacabana, Lago Titicaca, a 10 de Agosto de 2.006
"Dicen que me fui del barrio... cuándo, pero cuándo si siempre estoy llegando..."
Aníbal Troilo
Copacabana es un lugar con duende y desde luego algo tiene que atrapa porque no son pocos los que llegaron y encontraron aquí su lugar en el Mundo. Este emplazamiento forma parte, desde tiempos ancestrales, de la mitología, la religión y la espiritualidad y a día de hoy sigue siendo el lugar de peregrinación más importante de Bolivia. Frente al lago Titicaca y flanqueada por los cerros Calvario y del Niño, la pequeña villa goza de una situación privilegiada de la que ya dieron cuenta las culturas primitivas que habitaron este paraje. Durante el dominio inca, Copacabana se convirtió en paso obligado de todos los emperadores en su peregrinaje anual a la Isla del Sol, meca de la cultura incaica, siendo de especial relevancia el observatorio astronómico desde el que predecían las bondades de los tiempos venideros durante el solsticio de verano.
La Virgen de Copacabana, la más milagrosa de entre todas las que contempla la cultura popular boliviana, atrae hoy a miles de peregrinos que acuden a ella en cumplimiento de promesas o simplemente para recibir la bendición divina que de ella se desprende. Especialmente poderosa es la mediación de esta Virgen con los conductores y por eso es tradición venir aquí a bendecir los vehículos. Durante todo el día, largas colas de autobuses, camiones o coches particulares decorados con guirnaldas y papeles de colores esperan pacientes la llegada de su turno para ser rociados con agua bendita y asegurarse así una conducción segura. Cuando termina la ceremonia hacen explotar largas tracas de petardos y bañan el vehículo con cerveza dejando siempre un último trago para la Pachamama.
En Copacabana se funden la cultura cristiana con la santería tradicional y no son pocos los ritos que son oficiados por chamanes locales. En la subida al calvario hay una explanada con diversos altares alrededor de los cuales se concentran familias enteras que arrodilladas y en silencio reciben las oraciones de los curanderos. En el rito utilizan quemadores de incienso, hojas de coca y papeles de colores y siempre terminan brindando con cerveza. En lo alto del cerro se levantan varios monolitos de piedra coronados por cruces cristianas en cuyos laterales se amontonan los mensajes escritos con la cera de las velas. Allí, cientos de peregrinos encienden fuegos alrededor de los cuales musitan sus oraciones.
Desde lo alto del Calvario disfruté de un atardecer inolvidable que acabó encendiendo el horizonte como si se tratase de una hoguera gigante. La noche acabó apagando los últimos rayos de sol y selló el día en el que me sentí más cerca de la profunda cultura de este pueblo que día tras día me va embaucando hasta el encantamiento.
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8 Agosto 2006
Potosí, Bolivia, a 6 de Agosto de 2.006
Cuenta una leyenda del incario que habiendo llegado Huayna Capac hasta las cercanías de la montaña conocida con el nombre de Sumaj Orcko (Cerro Hermoso) no ocultó su asombro ante la imponente mole y ordenó su explotación con el fin de acrecentar los tesoros de los templos. Cuando los enviados intentaron trabajar los ricos filones de plata se escuchó una estruendosa voz que en quechua les dijo: "No toquen, no es para ustedes; Dios está guardando para otros". A esta montaña los indios de Cantumarca le dieron el nombre de "Photojsi" pues alegaban que cuando quisieron horadarla en busca de mineral hizo un gran ruido. A los originarios les parecía también que era como una mujer y lo llamaron Coya, equivalente a Reina. Serían los españoles los que bautizarían al cerro y a la ciudad que con gran rapidez se desarrolló a sus faldas como Potosí, nombre que desde entonces viene siendo sinónimo de riqueza y poder.
A mediados del siglo XVI y principios del XVII Potosí era la ciudad más rica y poblada de América y de su cerro partió la plata que enriqueció al viejo continente europeo durante más de dos siglos. Hay un dicho aquí que afirma que con la plata que se extrajo del cerro se podría haber construido un puente entre Potosí y España pero también dice que con los huesos de los caidos durante el expolio podrían haberse levantado dos puentes: uno para ir y otro para volver.
Al principio los españoles trataron de explotar a los indígenas pero éstos eran muy rebeldes y se resistían a la muerte segura. Fue entonces cuando comenzó el tráfico de esclavos negros desde África que entraban en la mina a su llegada y no salían hasta una semana más tarde. Tras un día de descanso volvían a entrar y así consumían los últimos días de su vida que en el mejor de los casos no llegaba a los tres meses desde su arribo a la ciudad. Los historiadores han calculado que durante la época de esplendor de la mina dejaron su vida aquí más de ocho millones de almas. Aun hoy siguen cayendo los muertos en las entrañas del cerro rico.
Ayer tuve la oportunidad de entrar en el corazón de la codiciada montaña. Antes de subir compramos unos regalos para los mineros (coca, tabaco, refrescos) y nos equipamos adecuadamente. Llegamos al agujero negro que daba entrada al cerro y de pronto dos chicos de apenas quince años salieron empujando una carretilla con una tonelada de material. Poco después encendimos los carburos y en cordada comenzamos a entrar en la boca del lobo. Apenas veía donde pisaba y el pestilente olor de los metales no me permitía respirar con normalidad. A veces sentía el golpe de alguna piedra desprendida mientras mis pies seguían caminando por el enfangado camino que quedaba entre los railes. Pasado un tiempo llegamos al lugar donde trabajaba el primer grupo de mineros: en el fondo de un pozo de más de quince metros un perforador extraía el material que era izado mediante un torno manual accionado por otros dos mineros. Pero aquella era la mejor zona porque lo peor estaba aun por llegar. De repente la guía nos señaló unas escalas de madera que subían verticalmente por un hueco no más grande que una chimenea hacia un remoto lugar. En la escalada sentí cansancio, claustrofobia y mucho miedo, especialmente en un momento en el que mi lámpara se desprendió del casco en plena subida. Mientras me agarraba con una mano a uno de los peldaños conseguí devolverla a su sitio con la otra pero esos segundos se me hicieron interminables. Después de cinco tramos de escaleras llegamos al lugar donde estaban trabajando dos mineros. Ellos nos enseñaron la veta de plata que estaban perforando así como el procedimiento para extraer el mineral. Durante su jornada de trabajo taladraban unos 15 agujeros de 1.80 metros de largo en el centro de la veta donde a media mañana introducían la dinamita. El macabro lugar y el ruido de la perforadora hacían insoportable la estancia allí. De repente se oyó una explosión y la montaña tembló: hora de irse. Encendieron la dinamita mientras nos decían que corriéramos. Bajamos entonces hasta un lugar seguro donde los mineros tenían que esperar para escuchar las detonaciones. Si una de las cargas no explotaba tenían un problema a resolver bajo riesgo de perder su vida. Afortunadamente todos contamos quince detonaciones y pudimos continuar nuestro camino por el laberinto de túneles que acabaría llevándonos hasta el Dios de los mineros, una extraña escultura roja situada al final de la mina a la que los trabajadores rinden culto llevándole todo tipo de ofrendas. Allí depositamos las hojas de coca y los cigarroos que nos quedaban antes de salir.
Actualmente hay 420 minas en el cerro con unos 12.000 mineros trabajando dentro. Aunque teóricamente se organizan en cooperativas, la realidad dista mucho de ese supuesto. Si un minero experimentado encuentra una veta, alquila ese espacio y contrata la mano de obra para explotarlo. Por un trabajo así el más cualificado de los trabajadores cobra cinco euros diarios. La mayor parte son ilegales porque nadie controla lo que pasa ahí dentro. Sólo tendrán derecho a pensión los capataces que alquilaron el terreno lo cual supone que más de 9.000 mineros trabajan sin ninguna cobertura social. Si alguno de ellos muere, hecho bastante frecuente por la inhalación de monóxido de carbono, los derrumbes o la silicosis, la mujer tendrá que completar el trabajo que su marido dejó sin terminar. La esperanza de vida de un minero en Potosí se sitúa en los 40 años.
De la mina salí horrorizado pero necesitaba saber más así que decidí seguir el rastro de la plata visitando la Casa de la Moneda. El recorrido empezó por unas salas donde pude contemplar lienzos de autores potosinos. Toda la temática era cristiana y los rasgos de los personajes eran europeos. Además, muy pocos cuadros estaban firmados y es que aquí un indio que no se hubiera convertido a la nueva fe y bautizado con un nombre cristiano no tenía derecho a nada y mucho menos a firmar una obra de arte. Después pasamos a las salas donde se laminaba la plata para elaborar las monedas que durante siglos circularon por nuestro país y por gran parte de Europa porque no hay que olvidar que el Imperio español era una manzana brillante por fuera y podrida por dentro y la mayor parte de esa riqueza sólo hizo escala en nuestro país ya que nada más llegar a la Península salía para pagar deudas y guerras catastróficas.
Todas las máquinas fueron traidas desde España y alguna de ellas aun podría funcionar. Concrétamente las laminadoras fueron fabricadas en Sevilla, embarcadas en Cádiz, desembarcadas en Buenos Aires y transportadas con mulas hasta Potosí, ciudad a la que llegaron después de catorce meses de travesía. Las bestias que movían los inmensos tornos apenas vivían tres semanas debido al enorme esfuerzo que se acrecentaba además por la altura (Potosí está a 4.100 metros sobre el nivel del mar) así que con frencuencia se usaban también esclavos para esta función. Hoy, a pesar del ingente número de hombres de color que llegaron a Potosí, no queda ni un solo descendiente porque todo el que llegaba aquí lo hacía para cavar su tumba.
Después de un día como éste mi corazón estaba completamente desolado. Potosí me acercó a la que quizás sea la página más cruel de la historia de mi país y, aun sin sentirme culpable, si se adueñó de mí la tristeza que brota de la responsabilidad histórica. Pero me sentí mucho peor cuando de repenté comencé a pensar en el presente porque el hoy ya no pertenece a ese tiempo que fue y de lo que pasa en la actualidad si somos directamente responsables. Nuestro país, lejos de enmendar el horror del pasado, sigue ejerciendo la ley del más fuerte para desgracia del pueblo boliviano. Cierto es que cambiamos la plata por los hidrocarburos, que maquillamos las formas y le cambiamos el nombre al patrón pero en definitiva continuamos expoliando como hicimos antaño y desgraciadamente hoy, como ayer, la riqueza del poderoso sigue siendo regada con la sangre de los más débiles.
Para más información...
http://www.argenpress.info/nota.asp?num=032914
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24 Julio 2006
Ushuaia, Tierra del Fuego, a 24 de Julio de 2.006
"Un hombre del pueblo de Neguá, en la costa de Colombia, pudo subir al cielo. A la vuelta, contó. Dijo que había contemplado, desde allá arriba, la vida humana. Y dijo que somos un mar de fueguitos.
—El mundo es eso —reveló—. Un montón de gente, un mar de fueguitos.
Cada persona brilla con luz propia entre todas las demás. No hay dos fuegos iguales. Hay fuegos grandes y fuegos chicos y fuegos de todos los colores. Hay gente de fuego sereno, que ni se entera del viento, y gente de fuego loco, que llena el aire de chispas. Algunos fuegos, fuegos bobos, no alumbran ni queman; pero otros arden la vida con tantas ganas que no se puede mirarlos sin parpadear, y quien se acerca, se enciende."
Eduardo Galeano
Cuando los primeros viajeros llegaron a estas misteriosas tierras se encontraron un inhóspito pero bellísimo lugar salteado de almas errantes que vagaban de un lado a otro sobre sus canoas. Los indios yaganas, a pesar del frío y el frecuente mal tiempo, llevaban poca o ninguna ropa y para mitigar las bajas temperaturas encendían fuegos que no se apagaban nunca, incluso sobre sus rudimentarias embarcaciones, lo cual inspiró a los europeos para dar a esta región su nombre. Hoy ya no quedan yaganas en Tierra del Fuego pero sus llamas testigo siguen ardiendo en cada rincón y son de esas que no puedes mirar sin parpadear, de esas que, si te acercas, te encienden.
En Ushuaia no sólo se encuentran las Montañas con el Océano: aun hoy sigue siendo un lugar al que llegan almas errantes de todo el Mundo a la búsqueda de una sensación que sólo se puede encontrar aquí, una sensación que desborda con creces el recipiente de la palabra para derramarse por el vasto territorio de lo inexplicable. En los paisajes nevados, en cada atardecer, pero sobre todo en el corazón de sus gentes se encuentra siempre presente el calor de esa hoguera eterna que desde tiempo inmemorial ilumina este lugar con los deseos de millones de buscadores.
La bahía que mira al poniente -significado de Ushuaia en la lengua de los yaganes-, lejos de suponer el fin de un viaje, es el comienzo no de uno sino de muchos viajes. Aquí, donde el horizonte se vuelve del revés, dejé un trozo de mi infancia y encendí una vela, una llama que iluminará siempre el recuerdo de un lugar que ya forma parte de mi historia.
servido por gustavoporras
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21 Julio 2006
Ushuaia, Tierra del Fuego, a 20 de Julio de 2.006
"Todos necesitamos del acicate de una búsqueda para vivir; en el viajero ese acicate reside en cualquier sueño"
Bruce Chatwin
Aun recuerdo la sintonía con la que daba comienzo ese programa, recuerdo las sensaciones que me producía. Sólo lo televisaban una vez a la semana, los domingos por la noche, y a mí me encantaba ver a esos aventureros haciendo cosas increibles, llevando su existencia al límite. Todo aquello quedaba muy lejos del niño que era por aquel entonces pero sin duda algo tenía que ver conmigo porque así lo sentía aunque no lo supiera. Ese programa tenía por nombre Ushuaia.
Al principio no tenía la menor idea de lo que significaba esa palabra pero con el tiempo averigué que se trataba de una ciudad y no de una ciudad cualquiera: Ushuaia era la población más austral del Mundo, el lugar que marcaba el límite entre el hombre y los hielos eternos.
En ese momento aquel nombre dejó de ser una palabra cualquiera para mí y empezó a cobrar forma dentro de ese mundo onírico en el que se encuentran mis horizontes antes de nacer. Ahí permeneció un tiempo confundiéndose con otros sueños, mezclándose con ellos, desapareciendo y reapareciendo, hasta que un día se fijó en mi retina y pasó a convertirse en uno de esos sueños motores que nos hacen caminar. Años más tarde, en uno de esos momentos mágicos en los que sientes como cobras sentido, toqué esa ilusión con la yema de mis dedos. Me envolvió entonces la emoción, me llené de alegría hasta rebosar pero sobre todo sentí la vida con fuerza porque para mí es precisamente sobre cada una de estas cimas donde se encuentra la verdadera autenticidad.
servido por gustavoporras
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