En Mopti, a 14 de Agosto de 2.007
<<País Dogón>>
Los dogón llegaron a la falla de Bandiagara hace catorce siglos y aquí se encontraron con un pueblo de costumbres muy extrañas que vivía a mucha altura en medio de la gran pared de piedra. Eran los telem, un pueblo cazador y recolector que, por miedo a las fieras de la jungla, había construido sus viviendas entre los estratos de la falla. Para alcanzarlas escalaban la roca ayudándose de largas lianas fabricadas con fibras de baobab. Los telem convivieron cuatro siglos conlos dogón hasta que, tras diversos conflictos, abandonaron la falla. Aun hoy, los dogón siguen usando las viejas viviendas telem para enterrar a sus muertos que son subidos hasta su tumba con las mismas lianas de baobab que antaño usaran sus predecesores y que, durante todo el día, son fabricadas sin descanso por los más ancianos del lugar. Ellos, entre los que se encuentra el jefe del poblado, son las personas mas importantes y respetadas de la comunidad y puedes encontrarlos a cualquier hora del día bajo una gruesa techumbre que hacen llamar la Casa de la Palabra. Bajo esas canas, tras esos rostros arrugados por el paso de los años, se encuentra la sabiduría, y es allí donde hay que ir si se quiere pedir un consejo o se ha de solucionar un problema. El dictamen de los ancianos es incuestionable y sus decisiones serán siempre acatadas con agrado porque, para los dogón, la palabra de sus mayores es la indiscutible portadora de la verdad.
La familia es el siguiente pilar en la vida de un dogón y buen ejemplo de ello es el largo ritual con el que saludan. Tras preguntarte como estas, pasan a interesarse por toda la familia para acabar bendiciendo tu viaje y desearte lo mejor para la vida. Ese es el momento en el que hay que regalarles el quewe, un tubérculo que compramos en Mopti, muy difícil de conseguir en estas tierras, y al que la cultura dogón le atribuye innumerables bondades, entre ellas fertilidad y tiempos de bonanza para la familia. Cuando lo reciben se deshacen en agradecimientos y vuelven a bendecirte con sus manos mientras te despiden con una gran sonrisa.
La mujer es el centro del núcleo familiar y sobre ella recaen los trabajos más duros y las mayores responsabilidades. En los poblados no hay ni luz eléctrica ni agua corriente y es frecuente verlas venir desde muy lejos, envueltas telas de vivos colores, cargadas con grandes calabazas llenas de agua sobre sus cabezas. Además de cuidar a la prole, ayudan en el campo y preparan la comida.
La base de la alimentación dogón es el mijo, prácticamente el único cereal que se cultiva en estas tierras. En noviembre lo recogen y lo almacenan en sus característicos graneros de adobe para ir consumiéndolo después a lo largo del año. Durante el día, las mujeres ylos niños pasan horas molturando el cereal para extraer el grano queluego cocerán como el arroz. La carne de ave y algunas frutas y hortalizas completan una dietaa todas luces insuficiente pero que,con todas sus carencias,ha mantenido con vida a los dogón desde que llegaron a las tierras que hoy llevan sunombre.
Comenzamos a caminar en Dourou, un poblado situado en la plateau, la parte alta de la falla. Tras nuestros pies amenazaba la tormenta pero, a medida que nos acercábamos a la gran caída de piedra, el cielo se iba abriendo como un gran abrazo. Bajamos por una enorme grieta y, de repente, un espectáculo majestuoso se levanto ante nosotros. La enorme falla se posaba sobre el valle como una milhojas gigante, mientras las nubes avanzaban a un paso casi imperceptible, imprimiendo sus enormes sombras sobre una llanura inabarcable, poblada de arbustos y árboles baobab y recorrida, con ternura, por un tímido río que dibujaba su sinuoso trazado a los pies de la imponente mole de piedra.
Dejar la mochila en el suelo, desprenderte de su peso, descalzarte y hundir los pies en la arena africana, sentir el leve fluir del agua mientras el tiempo se detiene, cruzar una mirada con el niño que juega en la orilla, volver la vista atrás, esbozar una sonrisa y caminar en el silencio, momentos que bien podrían ser el alma de una poesía romántica o el comienzo de una gran gesta pero que, afortunadamente, se quedaron en esbozos, en pequeños gestos cargados de esencia y autenticidad que terminaron posándose suavemente sobre mí como pétalos de instante mecidos por el viento.
Llegamos a Nombori, montamos el campamento y esperamos a la noche. Con las primeras estrellas sonaron los cantos acompañados por los sonidos de los gueimbes. Aunque algunos dogón se hacen llamar cristianos o musulmanes, no son más que disfraces de su verdadera naturaleza, la animista, la que encuentra a Dios en todas las cosas, en el fuego, las piedras o el canto de los pájaros. En aquellos sonidos encontré hondas raíces que me hicieron entender el origen del gospell, del blues o del jazz. Sin ellas saberlos, aquellas ancianas me estaban llevando en volandas hasta el alumbramiento de la música moderna. La danza acompañaba a los sonidos en un perfecto dialogo sin distinción de lenguas, un idioma en el que los instrumentos bailaban y los cuerpos percutían constantemente sobre la arena. Cuando me tumbé bajo el cielo del País Dogón y entorné los ojos, esos sonidos seguían revoloteando por mi cabeza como pequeños destellos mientras las estrellas parecían dar la bienvenida a mis sueños bailando al ritmo del gueimbe.
De Nombori a Begnemato, de Begnemato a Teli, de Teli a Djiguibombo, de Djiguibombo a Sevare, cinco días caminando que viví como un desprendimiento a la velocidad de mis pasos.
El otro día, mientras avanzaba por la pista de tierra rojiza sobre esa Royal de 125 c.c. sentía como el viento moldeaba mi rostro hacia la gratitud y es que África, en los días que pasé en el País Dogón, me hizo un inmenso regalo.
servido por gustavoporras
3 comentarios
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pablo dijo
Hoy almorzando hemos hablado de ti. Nos alegramos que todo te vaya bonito. Disfruta.
15 Agosto 2007 | 06:09 PM