"La ciudad que mira a las cumbres"
Xauen, a 18 de Julio de 2.007
En la salida del puerto de Tanger se agolpan los camiones mientras esperan su turno para embarcar. Entre el bullicio y el trasiego de vehículos se mueven con sigilo algunos jóvenes rondando las traseras de los remolques para tratar de amarrar la esperanza a alguno de sus bajos.
Tratar de cumplir un sueño es, quizás, una de las pocas obligaciones que implica estar vivo y, sin duda, los sueños atraen con mucha fuerza a la locura cuanto mas cerca se esta de alcanzarlos. Desde Tanger se puede acariciar España con solo volver la vista y, si entornas un poco los ojos, casi puedes llegar a tocarla. Por eso, el puerto, que es un límite para muchos, se convierte en una puerta para aquellos soñadores que, embargados por la locura, no dudan en jugarse la vida con tal de cruzar la fronteraentre la realidad y el deseo. Despuésdescubrirán que el deseo es elalimento de la utopía y que trasuna realidad viene otra, y luego otra, pero en los ojos de esos jóvenes aun ardía con fuerza el ansia de un nuevo destino.
No tardamos mucho en llegar a la estación de autobuses donde pronto nos abordaron los oportunistas y timadores de medio pelo quienes, haciendo alarde de hermandad y buen hacer, nos ofrecían sus inmejorables servicios con una sonrisa tan grande como falsa. En medio de la confusión, y a sabiendas de que aun nos quedaban unas horas hasta Xauen, conseguimos hacernos con unos bizcochos y algunas bebidas mientras negociábamos cuanto nos iba a costar dejar nuestras mochilas a buen recaudo. El ruido de la gente, los gases de los autobuses y un calor sofocante ralentizaron el reloj e hicieron eterno el tiempo de espera bajo esos soportales.
La estación de Tetuán, donde cambiamos de autobús, es un espacio lúgubre, oscuro y sucio donde todo transcurre un poco mas rápido de lo que puedes llegar a controlar. Niños vendiendo chocolatinas, un predicador que reparte versos del Corán, un anciano vendiendo frutos secos, un hombre que empuja un carro con mercancía entre los huecos de la muchedumbre, sombras difíciles de definir que aparecían y desaparecían en una oscuridad tan viva como incierta.
Agarre mi mochila mientras dos trabajadores de la empresa de autobuses me indicaban donde tenía que colocarla. Tras negarme a pagar otra propina y lidiar una nueva discusión, conseguí deshacerme de ellos en las escaleras del autobús y tras dos horas serpenteando un encantador valle del Rif llegamos a Chefchaouen, la ciudad azul, la que mira a las cumbres.
Xauen juega al escondite como los niños de sus calles, que aparecen y desaparecen imprevisiblemente, arrastrando la vida con cada zancada, con cada sonrisa, describiendo líneas sinuosas que acaban perdiéndose lentamente mientras la esquina se da
Llega la noche y comienzan las llamadas desde las mezquitas. A la primera se le fueron sumando otras con distintas intensidades y timbres y, poco a poco, el cielo de Xauen se fue cubriendo con una polifonía intensa, profunda y espiritual, unos sonidos que atrapaban el alma y la sumían en el silencio. Chefchauen... un paseo azul con olor a especias. Para mí, un reencuentro.

anonimo dijo
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22 Julio 2007 | 11:08 AM