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La Coctelera

SOÑAR DESPIERTOS, CRECER SOÑANDO OBJETIVO: TOMBOUCTOU

25 Agosto 2006

Lo más doloroso es siempre el olvido

Pisagua, a 23 de Agosto de 2.006

El colectivo me dejó en el cruce de la Panamericana con la estrecha carretera que se dirige a Pisagua, en algún punto insignificante de una larga recta que la calima iba difuminando a medida que se estrechaba en el horizonte. Al otro lado de la carretera estaba aparcado un coche gris y junto a él un hombre de pelo cano pegaba unas fotos en un viejo panel informativo. Alzó la mano y me saludó:

-¿Todo bien?-dijo
-Todo bien Rafael. Gracias por venir a recogerme -respondí.
-¿Y cómo te dio por venir a estos lugares?
-Bueno, alguien con criterio me recomendó que los visitara y normalmente suelo seguir esas señales.
-Ya, bueno, yo estoy aprovechando para pegar algunas fotos aquí. La gente las arranca ¿sabes? En un momento nos vamos.

De repente advertí la presencia de un tipo que esperaba al otro lado de la pista bajo una chapa de metal. Su imagen aparecía entrecortada por la sombra de la vieja techumbre y mi vista apenas alcanzaba a distinguir sus rasgos. La mirada que se adivinaba bajo la visera de su sombrero era dura, altiva y rigurosa y alternaba vigilante entre el lugar donde estábamos nosotros y un punto imprecisable sobre el caliente y estropeado asfalto. Su tez morena y ruda aparentaba más edad de la que posiblemente tenía y en su gesto estatuario no distinguí la más mínima señal de acercamiento. Un bigote blanco y bien recortado se arqueaba como una cara triste bajo su prominente nariz cerrándose antes de extenderse demasiado para acabar muriendo a la altura de las comisuras y completar así un rostro triste carente de cualquier atisbo de bondad. Rafael continuaba pegando sus fotos en silencio y tras unos segundos de pausa, mirándome de soslayo, me dijo en voz baja:

-Mira, ese cretino de allí es un fascista. Debe estar esperando que alguien lo lleve y por la hora que es se puede quedar ahí todo el día.
-Deben pasar pocos coches para Pisagua ¿no? -pregunté prudentemente.
-A veces pasan, a veces no. Podría venirse con nosotros pero no se lleva muy bien conmigo. Dice que soy un comunista. Si lo quieres invitar tú...

En ese momento alcé las cejas, encogí los hombros y le respondí:

-Mira Rafael, tengo por costumbre no meterme en política en los lugares que visito. Suele traer problemas ¿no crees?

Me miró y mientras se ajustaba la gorra me dijo:

-Si, claro, pero en lugares como éste te tienes que definir. Ya sabes, pueblo pequeño, infierno grande...

Subimos al coche y arrancó pero dejó la puerta de atrás abierta y cuando pasamos frente al hombre paró y le hizo un gesto con la cabeza. Entonces, para su sorpresa, se subió. En los cuarenta kilómetros que separan el cruce de Pisagua no abrió su boca y sólo cuando llegamos puede escuchar su voz para indicarle a Rafael donde se quedaba y si le debía algo.

-Hombre de pocas palabras... -dije mientras lo veía alejarse calle abajo.
-Ese viejo perro ya no ladra ni en su casa. Es tan ignorante que ni la conciencia le remuerde -concluyó mientras me indicaba los distintos edificios históricos de la villa.

Poco después llegamos al Hostal "La Roca" y Caterine salió a recibirnos con los brazos abiertos y su eterna sonrisa. La casa es un pastiche de distintas estancias alrededor de la cocina y el salón de la pareja, con una galería que hace las veces de biblioteca desde la que hay una maravillosa vista al mar. Era el único huesped del Hostal, o lo que es lo mismo, el único huesped de Pisagua.

-Caterine -dijo Rafael- ¿Sabes que se subió el asesino en el coche?

-Debía estar desesperado -respondió asombrada- A saber las horas que llevaría esperando en el cruce...

Mi curiosidad no pudo resistir más y aprovechando la cercanía que sentía les pregunté por la historia de ese extraño personaje. Entonces me contaron que en la época de los milicos un preso trató de escapar de Pisagua y en su huida se refugió en el muelle. El viejo pescador lo delató y nunca más se volvió a saber de él. Con total seguridad pasó a engrosar las listas de los desaparecidos aquí durante la dictadura.

En la historia de Pisagua se mezclan momentos de gloria y esplendor de la época salitrera y la presencia inglesa con las páginas más crueles de la represión pinochetista. Luego del golpe de Estado del 11 de Septiembre de 1.973, la dictadura militar declaró prisioneros de guerra a los presos políticos y el puerto de Pisagua fue entonces utilizado como campo de concentración donde retuvieron a los detenidos que trajeron de Iquique y de otros lugares del país. Aquí se humilló la dignidad de hombres y mujeres. Aquí se torturó y se cometió genocidio político en contra de seres indefensos que sólo tenían la fuerza y la convicción de sus ideales.
En el viejo cementerio lleno de cruces y tumbas destartaladas fueron fusilados veintiún presos políticos por orden de consejos de guerra ilegales que justificaban sus crímenes en falsas fugas. En 1.990, después de una larga búsqueda por parte de sus compañeros y familiares, catorce de ellos fueron encontrados en una fosa común. Los siete restantes continúan desaparecidos. También se dio muerte en este campo a dos personas sin militancia política, un pescador artesanal en el año 73 y un adolescente de quince años en 1.974. En enero de ese mismo año se dio libertad a seis presos que supuestamente fueron dejados en la carretera. Nunca llegaron a sus casas y sus cuerpos se encontraron posteriormente entre los cadáveres de la fosa.

Una pintada grita desde el muro que lo que más duele no es la derrota, tampoco la hegemonía descarada de los poderosos de siempre en el proceso, ni siquiera el perdón de los verdugos a sus víctimas; lo más doloroso es siempre el olvido, el tener que pactar el pasado en aras de un presente que dice ser democrático sin dejar de ser autoritario. Y esos que siguen sufriendo afirman que la memoria del dolor los obliga a seguir luchando para que la democracia sea una democracia de verdad en vez de ser la careta decorativa de un sistema en el que el derecho de propiedad sacrifica siempre los demás derechos y sólo otorga libertad de expresión a aquellos que pueden pagarla.

Las calles de Pisagua parecen un viejo decorado donde la historia se consume al ritmo de las mareas. En el muelle la gente apenas pronuncia palabra pero el silencio es denso, espeso, como si el aire arrastrara aun el peso de la culpa y es que aquí la gente sabe pero nadie habla porque en el fondo la desdicha, si permanece callada, se hace más soportable. Mientras, en el otro lado de la bahía, la ladera del cementerio mira a Pisagua a través de esos agujeros llenos de esperanza que aun hoy siguen cavando aquellos que un día fueron desgarrados y que todavía, a pesar del terrible paso de los años, siguen soñando con encontrar justicia bajo la arena del desierto.

servido por gustavoporras 4 comentarios compártelo

4 comentarios · Escribe aquí tu comentario

Un fueguito

Un fueguito dijo

Dice Nietzsche:
¿Estuve enfermo? ¿he sanado? ¿y quién mi médico ha sido? ¡ah!, si todo lo he olvidado, mi médico fue el olvido.

Aquí... en el otro lado y deseando verte,
Un besazo.

25 Agosto 2006 | 09:17 AM

Un fueguito

Un fueguito dijo

Dice Nietzsche:
¿Estuve enfermo? ¿he sanado? ¿y quién mi médico ha sido? ¡ah!, si todo lo he olvidado, mi médico fue el olvido.

Aquí... en el otro lado y deseando verte,
Un besazo.

25 Agosto 2006 | 09:17 AM

pablo

pablo dijo

Estremecedor.

27 Agosto 2006 | 07:03 PM

Juanji

Juanji dijo

Me ha encantado poder viajar por Chile contigo, ha sido increible. Un abrazo enorme amigo

30 Agosto 2006 | 07:06 PM

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Decía Bucay que un buscador es alguien que busca; no necesariamente alguien que encuentra. Tampoco es alguien que, necesariamente, sabe qué es lo que está buscando. Es simplemente alguien para quien su vida es una búsqueda. Yo me identifico mucho con esas palabras y supongo que alguien así debo ser yo. Las piezas que me vaya encontrando en el camino las dejaré por aquí y así nos vamos descubriendo en el placer de compartir. Sentiros como en casa porque aquí sois bienvenidos :-)

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