Sobre mis días en Uyuni
San Pedro de Atacama, Chile, a 18 de Agosto de 2.006
El martes fue un día largo, lleno de despedidas, transportes y encuentros. En mi bajada hacia el Sur tomé un autobús de La Paz a Oruro para enlazar después con el tren que me traería hasta Uyuni. Llegué tarde, como a las 22.30, y eso no hizo agradable ni el paseo nocturno ni la búsqueda de alojamiento pero al final conseguí un buen hospedaje e incluso la contratación del tour para cruzar el salar y llegar a Chile.
En la mañana siguiente me encontré con la eternidad, una superficie inconmensurable, absolutamente inabarcable para los sentidos, amenazante en su inmensidad y absorvente en su vacío. Sólo las montañas de un azul delicado y sutil se atrevían a apoyarse ligeramente sobre la planicie de sal, quebrando suavemente un horizonte que ya era tierno, insinuando una línea difusa en la sensualidad del cielo.
Avanzando sobre el manto blanco llegamos a la Isla Pescado, un lugar extraño lleno de cactus milenarios, un trozo de tierra en el centro de la nada donde viví un encuentro insólito e inexplicable. Apenas había empezado a caminar cuando alguien me llamó por mi nombre lo cual me sorprendió enormemente. La voz me resultaba familiar pero al principio la confusión del momento me impidió asignarle un rostro. Cuando me volví quedé paralizado: era Sophie Moret. Justo ahora hacía un año que nos habíamos conocido en el norte de Laos y desde que nos encontramos las pasadas Navidades apenas habíamos tenido contacto. Ella sabía de mis intenciones de viajar a Sudamérica; yo no tenía la menor idea de los derroteros por los que vagaba su vida. Cuando la encontré llevaba varios días en esa isla en compañía de unos artesanos con los que precisamente esa mañana había estado hablando sobre los cruces de caminos en los viajes: esa misma mañana Sophie había estado hablando de mí. Cuando me acerqué a una de las artesanas y me presenté ambos cruzamos miradas cómplices que parecían conocerse desde antaño, como si se hubieran encontrado antes en algún otro lugar, en algún otro momento. Fui a dar un paseo por la isla con Sophie y estuvimos hablando de próximos destinos, de nuevos sueños. África volvió a estar en el centro de la conversación y es que mi relación con ese continente es maniquea: de un lado me atrae como ningún otro pero al mismo tiempo me causa un respeto aun difícil de salvar. Bajamos y compartimos café y conversación con Arancha, la artesana, y justo antes de marcharme la chica me dijo que quería regalarme una de sus artesanías. Me acerqué a la manta que yacía en el suelo cargada de pulseras, collares, brazaletes y tobilleras y mi vista comenzó a pasearse por las distintas piezas sin detenerse en ninguna en concreto. De repente una piedra me llamó poderosamente la atención y decidí elegir la pulsera que la portaba. Mientras Arancha me la ataba alrededor de la muñeca le pregunté de donde venía esa piedra y ella, en medio de mi asombro, me respondió lo que en el fondo yo sabía que iba a responder: África, esa piedra es de ÁFRICA.
Apenas pasé unas horas en esa isla pero tengo la sensación de que no fue un tiempo cualquiera. Antes de entrar en Bolivia sabía que estas tierras tenían algo escondido para mí, un secreto que sólo podría serme revelado en su seno y que en el fondo debía ser la causa última de mi viaje a esos escarpados parajes. Posiblemente bastaba con cerrar los ojos y escuchar el susurro del silencio que no era otro que el de mi conciencia, el de mis deseos, aquel que en definitiva sabe quien soy. El resto de la tarde la pasé mirando esa piedra, escuchándola... el resto de la tarde la pasé mirándome en el espejo.
La tarde del día siguiente llegamos a la Laguna Colorada, un remanso de paz rojo como el mercurio, quietud líquida apenas alterada por unas cuantas bandadas de flamencos que venían a completar la increible gama de colores que devolvía ese lugar extraterrestre. A casi 4.800 metros de altura el frío era intenso, calaba hondo y apenas me permitía pronunciar palabra y es que en un lugar como ese sobraban las palabras.
Hoy crucé la frontera con Chile y dejé Bolivia a mis espaldas, atrás en el espacio pero no en mi pensamiento donde sigue tan presente como ayer y donde seguirá presente mañana porque a su mensaje aun le queda mucho para estar listo. Estoy seguro de que Bolivia permanecerá mucho tiempo removiendo piezas, jugando al escondite, haciéndose a fuego lento...

María dijo
África es poderosa. Yo ansío volver, no sé si tanto como conocer qué lazos comparto con ese continente americano en el que hablan algo parecido a lo que hablamos aquí ;). Tienes que ir: no es sólo la belleza de la tierra y de la gente que la habita; es una energía que difícilmente puede describirse, es una mezcla de sensaciones muy intensa, difícil de llevar en algunos momentos pero que queda para siempre.
19 Agosto 2006 | 12:49 AM