Sobre mis últimos días en la Patagonia
Punta Arenas, Estrecho de Magallanes, a 16 de Julio de 2.006
Al final decidí adelantar mi salida de Chiloé para llegar a Puerto Montt el domingo por la noche y poder solucionar algunos problemas con mi reserva el lunes en la mañana. Compartí viaje con los cuatro franceses que conocí en la isla, con los cuales continuo viajando hasta el día de hoy. El lunes diez de Julio, tras un breve paso por Puerto Montt, comenzaron a sonar los motores del Puerto Edén: con ellos empezaron a calentarse también los míos.
Navegando hacia Puerto Natales, a 12 de Julio de 2.006
Escucho a Bach, mi fiel compañero, mi mejor consejero, la calma, el sosiego, la armonía, la perfección. Sus intrincadas y delicadas líneas llenan cada hueco, cada espacio libre de mi alma hundiéndose hasta lo más profundo de mi ser donde esos sonidos, ajenos al tiempo, bailan al son que un día les dictó la mano divina que los creó.
Levanto la vista y me encuentro con las montañas nevadas de la Patagonia. Grandes nubes las acarician como suaves algodones haciendo las veces de telón para el imponente sol que desde atrás baña con fuerza las aguas del pequeño estrecho dejando una fina película deslumbrante que parece anunciar una buena nueva mientras se pierde en el horizonte. Entonces la música se funde con la imagen y se unen en plena armonía como si fuesen piezas del mismo puzzle, como si se conociesen desde antaño. Mi mirada se pasea por las líneas del majestuoso paisaje, que son las de la música, y me siento pequeño ante la grandeza de un espectáculo que aunque posado sobre el Mundo no es terrenal, no es humano. Y a esta inmensa sala sólo me es posible asistir como humilde espectador asumiendo que muchos de sus secretos se escaparán a mi comprensión. A pesar de eso, ¡es tan maravilloso lo que alcanzo a ver y escuchar! que no puedo más que agradecer este derroche de belleza gratuito y desinteresado que la Madre Tierra me regala con sólo visitarla.
Ahora suena la sexta suite para violoncello y creo entender que algo une a esa música con estas montañas: parecen estar talladas con el mismo cincel, dibujadas por la misma mano, imaginadas en el mismo lugar, y en su inmensidad vibran juntas y laten con el mismo pulso atemporal que las hermana en su esencia, en lo infinito.
Cuarto día de navegación, a 13 de Julio de 2.006
El viento golpea con fuerza la popa del Puerto Edén, que lentamente sigue abriéndose paso entre las agitadas aguas del Pacífico sur. Aun no ha amanecido por completo y la imagen que me brindan estos islotes desde la cubierta es fascinante. La ventisca cuartea la superficie en miles de pequeñas olas que apenas gozan de unos segundos de existencia cuando ya son devueltas al mar devoradas por otras nuevas que llagaron para eternizar el movimiento. A esta hora de la mañana no hay nadie aquí y en esta soledad me siento ancho, libre. El viento apenas me deja caminar pero no pudo marcharme: me atraparon esas nubes, esas montañas, esa luz que tiñe de un rojo intenso cada lugar, cada momento, acartonando las siluetas que parecen arder desde lo más profundo. La niebla torna incierto el horizonte, lo difumina, lo vuelve imprevisible, pero un poco más tarde, como por arte de magia, el cielo se vuelve de un azul intenso, claro, diáfano, apenas moteado por unas cuantas supervivientes que permanecen impasibles ante nuestro paso. Mis ojos se pasean entonces por el azul oscuro del agua que termina donde empieza el verde del matorral, sustento de los bosques de coníferas que un poco más arriba quedan cubiertas por una fina capa de nieve.
Dos de la tarde. El viento no permite el atraque de nuestro barco y el Puerto Edén queda fondeado frente al muelle de Natales. Ante mi se alza un inmenso paraje de colores bien definidos y líneas muy marcadas: el azul del mar, el amarillo de los pastos, el blanco de las montañas. En el aire puedo sentir la amplitud de este lugar y es que creo que el hombre vino aquí a habitar el vacío.
Punta Arenas, Provincia de Magallanes, a 16 de Julio de 2.006
"Torres del Paine"
La tormenta no cesaba y los vientos llegaron a alcanzar los 120 km por hora. Capitanía no autorizaba el atraque mientras las horas muertas iban pasando. A las seis llegó el anuncio del capitán: tendríamos que pasar una nueva noche en el Puerto Edén y confiar en que las condiciones climáticas mejoraran por la mañana. Eso alteraba nuestros planes pero bueno, si un problema no tiene solución, para qué preocuparse. Cartas y cafés amenizaron el tiempo añadido.
Algunas de las situaciones que viví en el carguero me recordaron aquellas otras que describía Cortázar en Los premios, y es que un barco así siempre es cuna de encuentros extraños y fortuitos entre gente que busca y se busca a lo largo y ancho del Mundo. Desde un extraño catalán, conductor de autobuses nocturnos, hasta un belga solitario que no pronunció palabra hasta el último día, pasando por una pareja encantadora de italianos, tres madrileñas locas de atar, los camioneros (no olvidemos que este barco es un carguero, no un barco de cruceros), los cuatro franceses y una tripulación que llevaba meses sin apenas pisar tierra y que había hecho de esa mole flotante su particular escenario de vida. Recuerdo con especial cariño las horas que pasé en el puente de mando, hablando con el capitán, aprendiendo de marinería, situándome sobre las cartas de navegación con una pregunta siempre presente: ¿cómo harían esos marineros para adaptarse a este espacio de acero?. Cuando le pregunté al capitán, su respuesta fue contundente: el hombre, querido amigo, es un ser de costumbres. Y así debe ser...
A las nueve de la mañana conseguimos desembarcar y una vez en Puerto Natales comenzaron las dudas. Parece que venir a Torres del Paine en invierno es una locura o al menos así lo ven los lugareños. Desde luego, visitar el parque no ha sido una tarea fácil. La información que íbamos consiguiendo no era muy alentadora: rutas de senderismo cerradas por la nieve, refugios y hostales cerrados por falta de público. Los cuatro franceses y yo decidimos tomar un café para ver que hacíamos y al final apostamos por la aventura. Lo peor que nos podía pasar era que tuviéramos que regresar por la noche así que no lo dudamos: compramos comida, alquilamos una pick-up y nos fuimos a las Torres.
El camino fue sorprendente para mí porque no repondió en absoluto a la idea que mi imaginación había creado. El macizo de montañas se alza en medio de la pampa chilena donde la vista se te pierde en un horizonte plano e interminable. Pistas de tierra, rectas infinitas, caballos salvajes, vicuñas y ovejas en las cunetas, apenas unos cuantos matorrales en medio del pasto y de repente, unas montañas imponentes de belleza inalcanzable para estas palabras.
No encontramos a nadie en el camino así que decidimos abordar el parque por la entrada de la laguna Amarga. Aquí me encontré con la primera de las muchas imágenes imborrables de estos días: un lago verde esmeralda, lleno de sales que describían dibujos increibles en una playa solitaria donde mis huellas parecían extrañas. Con los cuernos del Paine enfrente, en el centro de la soledad más absoluta, grité, grité alto mientras abría mis brazos, saltaba y corría como un niño en un espacio complétamente nuevo para mi. Era como si hubiera corrido una cortina y allí, detrás de la ventana, me hubiese encontrado con un Mundo distinto, aun por explorar...
Seguimos avanzando y nos encontramos el camino cerrado. Las casas de al lado estaban deshabitadas y decidimos volver hasta el último cruce. Cuando avanzamos por esa nueva senda nos encontramos con una oficina de la CONAF y allí nos informaron: apenas había turistas en el parque y desde luego, lo de pasar la noche allí era casi imposible. De repente, el guarda se acordó de que en una hostería estaban haciendo reformas; había un vigilante allí y quizás no le importaría darnos un techo. Lo llamó por la radio y nos confirmó que no íbamos a tener ningún servicio pero que nos dejaría dormir allí. Perfecto. Era lo que queríamos.
Nuestro camino continuo hacia el lago Pehoé desde donde tuvimos una magnífica vista de las Torres en un atardecer espectacular. Empezamos a recorrer carriles de tierra buscando una luz encendida y en nuestro camino sólo encontramos puesto de vigilantes que nos confirmaron que estábamos en la buena ruta. Cuando llegamos a la hostería nos recibió el trabajador que vigilaba las instalaciones y nos ofreció quedarnos en un pequeño refugio que usan los trabajadores cuando vienen en la temporada alta. Todo estaba desordenado y no había calefacción pero si una estufa y bastante leña con la que pudimos caldear el salón. Pusimos los colchones alrededor del fuego y pasamos la noche.
Cuando nos levantamos comenzamos a caminar siguiendo un sendero que nos llevó hasta la base de las Torres, concrétamente hasta el albergue chileno. Nos aconsejaron no subir más allá y las condiciones que nos encontramos lo confirmaron. No había mucha nieve, pero si hielo en el sendero y eso dificultaba mucho la marcha. Tras la bajada nos fuimos en la pick-up hasta el lago Grey y allí divisé una de las imágenes más bellas que he visto en mi vida.
Del glaciar se habían desprendido grandes témpanos de hielo que flotaban líbremente a lo largo del lago. Caminamos hasta la orilla donde casi podíamos tocarlos: azules intensos, blancos brillantes, turquesas, violetas, miles de colores se entrelazaban como una bufanda sobre las aguas del Grey. Caminamos hasta un mirador donde me tumbé a ver pasar las horas... apenas había visitantes en el parque y desde luego no los suficientes como para turbar el silencio reinante. El glaciar entraba como un monstruo en el agua y desde allí nos lanzaba mensajes envueltos en esos grandes hielos flotantes que lentamente se acercaban hasta nosotros. Este majestuoso espectáculo terminó teñido por los colores del atardecer que hicieron aun más bella la vista. Cuando volvía caminando sobre esa playa sólo escuchaba el ruido de mis botas sobre los pequeños guijarros y apenas avanzaba unos metros me volvía para ver una vez más esa vista, como si no pudiese escapar de allí, como si esos hielos y yo fuéramos imanes de distinto signo y no nos pudiéramos separar. Resulta difícil describir algo que simplemente es indescriptible...
El camino de vuelta se hizo pesado pero eran tantas las imágenes que tenía en mi cabeza que llegué sin haberlas revisado todas. Sin duda, Torres del Paine es uno de esos lugares que hay que visitar al menos una vez en tu vida.

pablo dijo
No quiero ni imaginar las fotos que estarás haciendo. Un abrazo amigo.
17 Julio 2006 | 01:28 AM